FRAGMENTO CUANDO NO QUEDEN MAS ESTRELLAS QUE CONTAR

Fragmento Cuando no queden mas estrellas que contar
Autor: Maria Martínez
1
Quizá Antoine tenía razón y la culpa era mía. Las cosas no iban bien entre nosotros desde hacía semanas. Discutíamos demasiado y siempre por el mismo motivo: mi actitud. Según él, yo estaba cambiando. Ya no era la misma de antes. Me mostraba
fría y desinteresada. Ausente.
Y, en cierto modo, así era. Los últimos seis meses habían sido una tortura para mí. La operación y la convalecencia en el hospital. La vuelta a casa y las semanas de rehabilitación. Los reproches constantes de mi abuela y su facilidad para hacerme sentir culpable por cada mal que asola la Tierra. Probablemente, los casquetes polares se están derritiendo porque, por una sola vez, hice algo sin su aprobación. Solo porque yo lo deseaba. Una sola vez, y el castigo fue tajante. Creo que en el fondo se alegraba por el accidente. La satisfacción en su cara cada vez que pronunciaba un «Te lo dije» o un «Si me hubieras obedecido» era un cruel deleite en el que parecía regocijarse. Su mirada me gritaba «Te lo mereces» cada vez que se posaba en mí, para después brindarme su perdón a través de una sonrisa condescendiente, siempre y cuando le ofreciese a modo de sacrificio cada segundo de mi existencia.
Nadie debería ser responsable de cumplir los sueños de otra persona. Es imposible estar a la altura de unas expectativas que se alimentan de ilusiones y deseos nacidos del propio fracaso. Sin embargo, lo que más me costaba soportar era la incertidumbre. La esperame estaba consumiendo y no era capaz de pensar en otra cosa. Quizá Antoine tenía razón y lo había alejado de mí del mismo modo que a los demás. Aunque yo habría agradecido un poco de empatía por su parte. Algo más de comprensión y paciencia. Si bien conocía a Antoine desde los quince años, cuando su familia se trasladó de París a Madrid por motivos de trabajo y él comenzó a dar clases en el Real Conservatorio Profesional de Danza donde yo estudiaba, y sabía que era incapaz de mostrar esas habilidades emocionales. Ni siquiera era consciente de su nula pericia para ponerse en el pellejode los demás.
Y, pese a todo, yo había aprendido a quererlo con sus defectos. Al principio, como amigo; y años después de un modo más íntimo, cuando ambos entramos en la Compañía Nacional de Danza como solistas. Aparte del ballet, Antoine era la relación más sólida y estable que había tenido en mis veintidós años de vida. El único amor incondicional que me había permitido.
Por ese motivo me daba miedo perderlo, necesitaba su afecto. Por ese mismo miedo cerré los ojos y contuve el aliento cuando se pegó a mí bajo las sábanas y, aún somnoliento, deslizó la mano entre mis piernas. Presionó con sus caderas mi trasero y pude notar su excitación. Tomé aire y lo solté despacio. Me concentré en sus dedos acariciándome y en el calor de su pecho en mi espalda. La forma en que se apretaba contra mí. Abrí los ojos y miré las manecillas del reloj. Un minuto menos para acabar con la agonía. Tragué saliva e hice una mueca de dolor cuando su dedo trató de abrirse camino en mi interior. Intenté relajarme, pero era incapaz de sentir nada.
—Tengo que irme —susurré.
Antoine gruñó junto a mi cuello y me dio un mordisquito en el hombro.
—Oh, vamos, mira cómo me tienes.
Empujó una vez más contra mí y comencé a impacientarme.
—Llego tarde.
—Uno rapidito, forzó su acento francés, como si esa entonación fuese un afrodisíaco irresistible.
A mí me molestó. Me zafé de él y me levanté de la cama. Mis ojos volaron de
nuevo al reloj y una punzada de ansiedad me encogió el estómago. Agarré mi vestido de la silla. Desde la cama, Antoine resopló malhumorado y se tumbó de espaldas sin apartar los ojos de mí.
—¿En serio? Joder, Maya. Ya nunca lo hacemos y yo... Yo tengo necesidades.
Me pasé el vestido por la cabeza y fulminé a Antoine con la mirada. —¿Nunca? ¿Y lo de ayer qué fue?
—Montárselo en un baño con la ropa puesta no cuenta. Puse los ojos en blanco y me senté para atarme las zapatillas. Durante un segundo, contemplé las cicatrices que tenía en la pierna. Empezaban a aclararse y parecían más lisas al tacto.
No estaba segura, porque aún evitaba tocarlas directamente con la mano. Me puse de pie y cogí mi móvil de la mesita.
—¿Te marchas de verdad? —me preguntó, como si ver que me dirigía a la puerta no fuese suficiente.
—No puedo quedarme, ¿vale? Tengo cita con el traumatólogo en menos de una hora.
Sus ojos se abrieron como platos y se levantó de un bote. No pude evitar recorrer su cuerpo desnudo con la mirada. Toda una vida dedicada al ballet lo había transformado en una escultura viviente de proporciones perfectas. Y tampoco sentí nada.
—¿Es hoy?
—inquirió sorprendido. Asentí y un nudo de pánico me cerró la garganta—. ¡Mierda, lo siento! Lo había olvidado por completo.
—No pasa nada.
—¿Quieres que te acompañe?
—No hace falta. Casi... prefiero ir sola.
Vi el alivio en su mirada, y eso sí que lo sentí, un pequeño mordisco bajo la piel que me hizo apretar los dientes. Vino hacia mí y me rodeó con sus brazos mientras me besaba en la frente.
—Todo irá bien, ya lo verás. Volverás a bailar y serás primera
figura. Ambos lo seremos y recorreremos el mundo. Danzaremos en los grandes teatros. Hablarán de nosotros como lo hacían de Fonteyn y Nureyev. En el escenario somos una pasada, Maya.
Me tomó por la barbilla y me hizo mirarlo a los ojos. Eran de un verde tan brillante que costaba creer que fuesen de verdad. Le dediqué una leve sonrisa.
Era cierto, en el escenario nos compenetrábamos hasta convertirnos en uno solo. Funcionábamos como una única mente y confiábamos el uno en el otro. Nunca temí que me dejara caer.
Ojalá todo hubiese sido igual de perfecto en nuestra relación personal.
—Luego te cuento —dije.
—Envíame un mensaje. Hoy tengo clase y después ensayo, acabaré tarde.
—Vale.
Le di un beso fugaz en los labios y salí del cuarto. Entré en el baño casi a la carrera. Tras asearme un poco, me tomé un momento frente al espejo. Observé mis ojos, tan oscuros que costaba distinguir las pupilas en su interior. El arco de mis cejas y el cabello castaño, repleto de enredos que no había logrado deshacer, enmarcándome la cara.
Me incliné hacia delante y me miré más de cerca. Mi aspecto
era tan distinto al del resto de mi familia. Mi abuela, mis tíos, mis primos, mi madre..., todos ellos eran rubios y tenían los ojos claros. Sus facciones eran un reflejo de la sangre ucraniana de mi abuela que corría por nuestras venas. En la estirpe española de mi abuelo también predominaban la tez clara y el pelo pajizo. Yo era la excepción. Y siempre que reparaba en todas esas diferencias, no podía dejar de pensar que en alguna otra parte eran similitudes. Rasgos que recordaban a otra persona. A él. Fuese quien fuese.
Salí del baño. Mientras recorría el pasillo, me llegaron voces desde el salón.
Encontré a Matías y a Rodrigo desayunando en la mesa. Ambos formaban parte del cuerpo de baile de la compañía y compartían piso con Antoine. Es curioso lo pequeño y hermético que es el mundo del ballet. Siempre lo he comparado con un minúsculo ejército al que sirves y dedicas todos tus esfuerzos. Trabajas dieciséis horas diarias, seis días a la semana. Duermes por el ballet. Comes por el ballet. Respiras por él. Quizá por ello, los bailarines apenas nos relacionamos con otras personas fuera de nuestro universo de mallas y puntas. Entre nosotros nos entendemos, nos comprendemos. Convivimos la mayor parte del tiempo, ya sea entrenando, ensayando o durante las giras.
—¡Buenos días! —saludé.
—Buenos días —dijo Matías.
Rodrigo se puso de pie y acercó una silla a la mesa.
—¿Te apetece un café?
—No, gracias. Lo último que necesito hoy es un chute de cafeína.
Miré a mi alrededor, buscando mi bolso, y lo localicé sobre el sofá.
Después me acerqué a la mesa y tomé la manzana que Matías me ofrecía. Siempre tan atento. Le di las gracias con una sonrisa y un besito en los labios.
—Hoy es el gran día —me dijo.
—O el peor de todos
—respondí.
—No pienses eso, Maya. Seguro que irá bien.
Lo miré a los ojos. Matías era mi mejor amigo, el único al que podía contárselo todo y no sentir que me juzgaba. Con el que compartir mis preocupaciones y la sensación de soledad inherente al espíritu competitivo de esta disciplina. Al que podía mostrarle mis lágrimas y cada carencia impresa en mis huesos y en el corazón.
—Es lo único que sé hacer bien, no puedo perderlo.
—Y no lo perderás.
Como mucho, puede que Natalia te coloque en el cuerpo de baile hasta que recuperes el ritmo y te sientas segura. Después volverá a promocionarte para bailarina principal.
—¿Lo crees de verdad?
—Claro, desde que entró como directora de la compañía, hizo todo lo posible para que formaras parte del elenco. Te seguía la pista desde el conservatorio.
Asentí con el deseo crudo y feroz de que tuviera razón. Empecé a bailar a los cuatro años y no había hecho otra cosa desde entonces. Incluso había sacrificado otros estudios para dedicarme en exclusiva al ballet. Escalando día a día una cima para la que todos me creían predestinada. Tenía lo necesario para lograrlo. Y aunque el fantasma de una lesión es algo que siempre nos persigue a todos los que formamos parte de este mundo, nunca pensé que a mí me ocurriría, y menos deun modo tan absurdo.